Su partida deja un vacío en la Iglesia católica y en la sociedad francomacorisana, pero también el legado de un pastor que entendió que la grandeza de un ser humano no está en los cargos que ocupa, sino en su capacidad de servir a los demás.
Hay personas cuya existencia trasciende el tiempo que permanecen físicamente entre nosotros. Hombres que, sin necesidad de grandes reconocimientos ni de exhibiciones de autoridad, consiguen ganarse el respeto, el cariño y la admiración de toda una sociedad. monseñor Jesús María de Jesús Moya fue, sin lugar a dudas, uno de ellos.
Por Francisco Calderón.-
San Francisco de Macorís.-Su fallecimiento, ocurrido el miércoles 4 de noviembre, constituye una pérdida sensible para la Iglesia católica dominicana y, particularmente, para San Francisco de Macorís y toda la región Nordeste, donde durante décadas desarrolló una extraordinaria labor pastoral, educativa y social.
Pero más allá de los títulos eclesiásticos, las responsabilidades que desempeñó y los reconocimientos recibidos, hay una dimensión de su vida que merece ser destacada: su condición de hombre humilde, sencillo, cercano a la gente y comprometido con los valores humanos y cristianos.
Monseñor Moya perteneció a esa generación de sacerdotes que entendieron el ministerio religioso como una vocación de entrega, sacrificio y servicio. Su vida fue una expresión de que la autoridad espiritual no necesita imponerse mediante la arrogancia, porque encuentra su verdadera fortaleza en el ejemplo, la prudencia y la calidad humana.
DE SABANA ANGOSTA AL ALTAR DEL SERVICIO
Nació el 28 de noviembre de 1934 en Sabana Angosta, comunidad perteneciente a Villa Tapia. Desde muy joven sintió inclinación por la vida religiosa y, cuando apenas tenía 16 años, ingresó al Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, el 27 de septiembre de 1950.
Allí cursó estudios de Humanidades, Filosofía y Teología, preparándose para una misión que terminaría ocupando más de seis décadas de su existencia.
El 18 de marzo de 1961 fue ordenado sacerdote en la Catedral Santiago Apóstol, de Santiago de los Caballeros, por monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito.
A partir de entonces comenzó una trayectoria de servicio que lo llevó a desempeñar diversas responsabilidades dentro de la Iglesia. Fue vicario parroquial, capellán, profesor, ecónomo, vicerrector y rector del Seminario Menor San Pío X, además de ocupar otras funciones pastorales y administrativas.
Su formación académica también incluyó estudios de posgrado en Madrid, España, Quito y Ecuador.
El 13 de abril de 1977 fue nombrado obispo auxiliar de Santiago de los Caballeros y recibió la ordenación episcopal el 21 de mayo de ese mismo año.
Posteriormente, el papa Juan Pablo II lo designó, el 20 de abril de 1984, segundo obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís, responsabilidad que asumió oficialmente el 5 de mayo.
Desde entonces, su vida quedó estrechamente vinculada a la historia religiosa, educativa y social de esta ciudad.
UN OBISPO QUE NO SE DISTANCIÓ DE SU PUEBLO
Durante 28 años al frente de la Diócesis de San Francisco de Macorís, monseñor Moya desarrolló una labor que fue mucho más allá de las celebraciones litúrgicas y las responsabilidades propias de su investidura.
Fue un pastor que comprendió que la Iglesia debía estar presente en las preocupaciones cotidianas de la sociedad, acompañando a las familias, promoviendo la educación, defendiendo la dignidad humana y contribuyendo a la formación de mejores ciudadanos.
Una de sus grandes preocupaciones fue la educación, convencido de que ninguna sociedad puede alcanzar un verdadero desarrollo si no invierte en la formación intelectual, moral y espiritual de sus ciudadanos.
Su vinculación con la Universidad Católica Nordestana (UCNE), institución en la que desempeñó importantes responsabilidades, entre ellas las de rector y gran canciller, constituye una de las expresiones más significativas de su compromiso con la formación de la juventud y el desarrollo de la región.
También manifestó preocupación por los problemas sociales que afectan a la República Dominicana, particularmente la desigualdad, la violencia, la falta de oportunidades, la educación y la necesidad de fortalecer los valores familiares.
Su visión del sacerdocio no estaba limitada a los templos. Entendía que el compromiso cristiano debía manifestarse también en la búsqueda de soluciones a los problemas que afectan a las comunidades.
LA HUMILDAD COMO DISTINTIVO DE SU PERSONALIDAD
Sin embargo, cuando se habla de monseñor Jesús María de Jesús Moya, hay una cualidad que merece una mención especial: su humildad.
En una sociedad donde con frecuencia se confunden las posiciones de autoridad con los privilegios personales, su figura representaba otra manera de ejercer el liderazgo.
Su condición de obispo nunca debió entenderse como una distancia frente a los demás, sino como una responsabilidad mayor de servicio.
La verdadera dimensión de un hombre no se mide exclusivamente por los cargos que ha ocupado, sino por la forma en que trata a sus semejantes, por su disposición de escuchar, por su sensibilidad ante las necesidades ajenas y por la capacidad de mantener la sencillez aun cuando la vida le coloca en posiciones de elevada responsabilidad.
En ese sentido, monseñor Moya deja una enseñanza que trasciende el ámbito religioso: se puede alcanzar una posición de autoridad sin perder la sencillez, se puede ejercer liderazgo sin arrogancia y se puede ser respetado sin necesidad de imponer temor o superioridad.
Su vida constituye una invitación a recuperar valores que resultan indispensables para la convivencia social: la prudencia, la honestidad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto y la vocación de servicio.
UN LEGADO QUE SOBREVIVE A SU PARTIDA
El 31 de mayo de 2012, el papa Benedicto XVI aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis por razones de edad, pasando a la condición de obispo emérito.
Pero su retiro de las responsabilidades administrativas no significó su desvinculación espiritual de la comunidad que había acompañado durante tantos años.
Su trayectoria fue reconocida también por diferentes sectores de la sociedad dominicana. En 2011, con motivo de sus bodas de oro sacerdotales, el Senado de la República aprobó una resolución que destacó sus extraordinarios aportes al desarrollo pastoral, social y educativo de San Francisco de Macorís y del país.
Esos reconocimientos constituyen una expresión institucional de una obra que tuvo como escenario principal a las comunidades y como fundamento la vocación religiosa.
Hoy, cuando la muerte pone punto final a su existencia terrenal, queda pendiente una tarea que corresponde a las presentes y futuras generaciones: preservar y valorar las enseñanzas de quienes dedicaron su vida a construir una sociedad más humana.
San Francisco de Macorís pierde a uno de sus referentes espirituales más importantes. La Iglesia dominicana despide a un hombre que dedicó más de seis décadas al sacerdocio. La región Nordeste pierde a un religioso cuya trayectoria estuvo vinculada a su desarrollo educativo y social.
Pero la muerte no puede borrar el significado de una vida consagrada al servicio.
Monseñor Jesús María de Jesús Moya se marcha dejando una historia de entrega, una obra pastoral de profundas dimensiones y el recuerdo de un hombre cuya mayor distinción no fue solamente vestir las insignias de un obispo, sino comprender que el verdadero sentido del ministerio sacerdotal consiste en servir a Dios sirviendo a los seres humanos.
Porque los hombres verdaderamente grandes no son recordados solamente por los lugares que ocuparon, sino por las huellas que dejaron en el corazón de su pueblo.
Y esa es, precisamente, la herencia que deja monseñor Jesús María de Jesús Moya.

